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Marzo: mes de la mujer


Género, dominación masculina y aprendizaje

escribe François Graña

En unas cuantas décadas, las mujeres occidentales tiraron abajo obstáculos socio-culturales milenarios que las sojuzgaban: accedieron a la ciudadanía política y a todas las profesiones, conquistaron libertades sexuales, redujeron drásticamente la brecha de la desigualdad histórica respecto de los hombres. Sin embargo, estamos muy lejos aun de una genuina igualdad de derechos.
En toda sociedad y en toda época, nacer varón significa tener muchas más posibilidades de acceso a los ámbitos de poder y de decisión social. Los hombres somos abrumadora mayoría en la política, en las cámaras empresariales, en los órganos de dirección de casi todas las instituciones sociales. Somos desde siempre dueños y señores de la guerra, y hasta hace bien poco, teníamos el monopolio casi absoluto de la producción intelectual, científica y artística.
En su enorme mayoría, las víctimas de violencia doméstica son mujeres, y los victimarios, sus parejas. La violencia masculina contra las mujeres constituye la mayor degradación humana en que se hunde el varón. Se reitera una y otra vez, el triste espectáculo de la impotencia disfrazada de fuerza; hombres que temen perder su dominio sobre la mujer, buscan recuperarlo sin detenerse siquiera ante la agresión física y el asesinato.

Es mucho lo que hemos avanzado en términos de visibilización y denuncia de esta forma de violencia, así como en la constitución de una red institucional de atención, contención y prevención. Pero es igualmente cierto, que persisten obstáculos culturales considerables; éstos enlentecen los avances y contribuyen a la reproducción del fenómeno. En pocas palabras, el dominio de las mujeres por parte de los hombres, ha sido aprendido e internalizado al modo de un derecho natural.
Este aprendizaje comienza en la familia, y se continúa en instituciones educativas: en el jardín de infantes, en el aula y en el patio escolar, en la porción de adolescencia transcurrida en el liceo. Allí incorporamos normas, expectativas y modelos de comportamiento contenidos en currículas y actividades dirigidas; interviene asimismo en este proceso el “currículum oculto” de pensamientos, creencias y valoraciones, comunicados por parte de quienes nos educan, a través de vías no siempre verbales ni conscientes.
Es cierto que el sistema educativo ya no es lo que era; la llamada perspectiva de género se ha venido incorporando a la currícula escolar y liceal. Sin embargo, tras la igualdad formal en el trato a niñas y niños en el aula, se continúan reproduciendo roles y comportamientos diferenciados según género, en línea con lo aprendido en la familia. Estereotipos sexistas hegemónicos en la socialización escolar animan expectativas de futuro diferentes para varones y mujeres.
Es claro que, en las relaciones entre mujeres y hombres, las cosas ya no son lo que eran. El patriarcado, el androcentrismo, el machismo, la prepotencia masculina, ya no obran en total impunidad. Podríamos preguntarnos: la reducción incesante de la desigualdad de género desde el siglo pasado, ¿preanuncia el fin de estas desigualdades? ¿O bien dicho proceso encuentra su tope en un mundo social en que los hombres siguen controlando los principales ámbitos de poder? Estas preguntas no tienen una respuesta fácil; pero incitan a investigar, a producir saberes que contribuyan al conocimiento de procesos sociales que nos involucran a todas las personas. Conocimiento que, precisamente por ello, reactúa en esos mismos procesos sociales como potente factor de transformación social.

François Graña, marzo de 2011

Fotografía Manuela Aldabe

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El sexismo en el aula

Educación y aprendizaje de la desigualdad entre géneros

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