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Los desafíos de las políticas públicas en economía solidaria

Por Dr. Pablo Guerra

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Finanzas solidarias e inversión ética

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Hace apenas unos días finalizó el “Encuentro Economía Social y Solidaria, Construyendo Ciudadanía” que organizara el Ministerio de Desarrollo Social.
Si bien en Uruguay se vienen desarrollando seminarios, encuentros y talleres internacionales en la materia desde hace ya bastante tiempo, este Encuentro en sí mismo parecería estar marcando un mojón. Y es que a diferencia de los anteriores, la organización y convocatoria correspondió completamente a un Ministerio público, en este caso el MIDES, que justamente cuenta desde marzo del 2010 con una flamante Dirección de Economía Social.
Estos datos parecerían estar marcando un cierto interés desde las políticas públicas respecto a las economías solidarias. Sin embargo los desafíos siguen siendo particularmente importantes para un gobierno que aún se muestra inmaduro respecto a otros de la región en estos temas.

Es así, por ejemplo, que el panel de apertura, que contó con la presencia de jerarcas de Argentina, Brasil, Paraguay, Venezuela y Uruguay además del Rector de la Universidad de la República, mostró en algunos casos cierta inconsistencia en los argumentos y disímiles concepciones respecto al tema convocante. Mientras que la misiva enviada por el Prof. Singer (finalmente ausente del Encuentro) ponía énfasis en el proyecto político liberador de la economía solidaria, posición también asumida por la Ministra para el Poder Popular de las Comunas y Protección Social (Venezuela), el Secretario de Economía Social de Argentina prefería el concepto de “economía social” para referirse a “las políticas dirigidas a los excluidos del mercado de trabajo”.
Justamente el panel de apertura marcaría claramente las tensiones que viven estas políticas en la región: ¿Se trata de establecer instrumentos para incluir en el mercado a los sectores más desprotegidos o se trata de una política alternativa en términos de desarrollo socioeconómico?
Las respuestas asoman con mayor claridad cuando la sociedad civil se expresa. Fueron numerosas las experiencias latinoamericanas que compartieron sus logros y sus obstáculos: Renafipse y El Salinerito (Ecuador), Grupo Jade (México), FBES y MST (Brasil), Asarbolsem (Bolivia), Chol Chol (Chile), Radio Viva (Paraguay), Villa El Salvador (Perú), Cerámicas Zanón (Argentina) y numerosos académicos de Argentina, Brasil y Uruguay, por supuesto, debatieron sobre los alcances de la autogestión, el asociativismo, la participación equitativa, el desarrollo sustentable y la construcción de otra economía posible.

En todos los casos, más allá de las diferencias y matices, los debates mostraron la necesidad de superar aquella visión que sitúa a la economía social o economía solidaria como políticas de pobres para pobres. Más bien el mensaje transmitido es que se trata de una economía plural en sus manifestaciones, decididamente comprometida a cambiar los paradigmas dominantes.
Cuando nuestros gobiernos comprendan la complejidad y multiplicidad de prácticas alternativas que engloba la economía social y solidaria, entonces quizá estemos en mejor condición para asumir políticas concretas en este campo. Y es que resultó irónico que, por ejemplo, el MGAP reconociera públicamente la falta de políticas para fomentar la producción orgánica en el Uruguay o para fomentar el comercio justo entre productores familiares.
Aún así el MIDES da un paso decisivo. Sus autoridades pudieron sacar sus propias conclusiones sobre la potencialidad que encierra la economía popular en la medida que se promueva el asociativismo y las prácticas basadas en valores y principios alternativos a los puramente mercantilistas.
Son enormes los desafíos de la economía social y solidaria en el continente. Más allá de los logros conseguidos en las políticas públicas en la última década, la situación aún está lejos de ser óptima. El movimiento de la economía solidaria debe fortalecerse mucho más para incidir con fuerza en propuestas públicas que potencien no solo un sector de la economía, sino fundamentalmente una concepción económica con profundas raíces culturales.

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